LAS MIGRACIONES Y LOS SIGNOS DISTINTIVOS COLECTIVOS

On enero 15, 2014, in GI & DO, IG DO, Marcas Colectivas, by Claudio Iglesias Darriba

Breve descripción de cómo las migraciones han influido decisivamente en los signos distintivos colectivos: IG/DO y marcas colectivas.

Melinda - Val di Non - Italia - MC - IGLa función de los signos colectivos como herramientas de desarrollo aparece claramente delineada hacia finales del siglo XX. Estos signos cumplen en el mercado funciones jurídicamente relevantes tales como diferenciar los productos y/o servicios de un ente colectivo, o acelerar los procesos de comercialización en función de su origen común. Su fin último es el logro del desarrollo integral de la comunidad. La principal característica de estos signos es la multiplicidad de actores que se congregan bajo ellos. Actualmente se agrupan en dos grandes categorías: las IG (que generalmente incluyen a las DO) y las marcas colectivas. Ambas tipologías fueron sistematizadas en la historia reciente, y son fruto de las grandes migraciones generadas en las antiguas potencias coloniales y con destino en los países-sur.

Dice Ítalo Calvino: “El hombre camina días enteros entre los árboles y las piedras. Raramente el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como el signo de otra: una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una vena de agua, la flor del hibisco el fin del invierno. (…)”[1] El destacado autor no hace sino sintetizar la enorme función de los signos en la vida del hombre en sociedad; y la PI es una creación humana que se nutre de los signos como instrumento de protección jurídica.

Debe tenerse en cuenta que los signos juegan dos roles fundamentales en lo que hace al posicionamiento de los productos y/o servicios en el mercado. Su primer rol es conocido dese tiempos remotos: la diferenciación de un producto de otro. Su otro rol ha sido sistematizado con posterioridad: la atracción del consumidor hacia un producto y no otro. Si bien esto es una mera reducción casi injustificable de la riqueza que los signos representan en todos los aspectos de la vida, su estudio profundo excede largamente las limitaciones de este trabajo. Sin embargo debemos recordar que nos exponemos a los signos constantemente ya sea que nos percatemos de ello o no. Pérez de Medina sostiene que utilizamos a la vez, y a cada instante varios sistemas de signos, comenzando por los signos del lenguaje, cuya adquisición comienza al iniciarse la vida consciente, los signos de la escritura, la cortesía, los movimientos, los precios, los índices de mercado, los honores, las creencias, los cultos, las artes, etc.[2] Estos dos roles son sustanciales desde el punto de vista jurídico pues determinan el reconocimiento de los derechos y obligaciones del titular del signo. La PI clásica ha considerado históricamente sólo el primer rol (diferenciar productos y/o servicios) y recién en el siglo XX comenzó a interesarse por otro rol (generar del acto de consumo).

Finalmente cabe preguntarse ¿Por qué la PI clásica habla siempre de signos distintivos? Pues porque el requisito mínimo que se exige a los signos para que puedan crear DPI es que tengan solamente aptitud diferenciadora o distintiva. No se les exige que generen la atracción del consumidor o que intervengan psicológicamente en la pulsión de compra. Por eso en cuando en esta obra se habla de “signos distintivos” se hace referencia aquellos que sólo tienen la capacidad mínima exigida por la legislación para diferenciar un producto y/o servicio de otro. Sin embargo debe tenerse presente que en la actualidad el carácter distintivo tiende a ocupar un lugar secundario -y hasta residual- frente a la función de los signos como aceleradores de los procesos de comercialización y como generadores de la pulsión de consumo.[3] Y esto tiene incidencia directa sobre el ordenamiento jurídico.

Los signos colectivos son sumamente sensibles y se ven altanamente influenciados por los grandes flujos migratorios entre culturas diferentes; mucho más que las marcas, que son signos propios de la PI clásica. Ocurre que los seres humanos migran y con ellos migran los signos que utilizan habitualmente en el sistema simbólico que dejan. Estos signos arriban con el migrante al destino y enriquecen el sistema de signos que se utiliza en el territorio que los recibe. El caso más cercano es de los emigrantes europeos que se trasladaron con su bagaje cultural a América (desde Tierra del Fuego hasta Alaska), muy especialmente a Latinoamérica y a América del Sur. Los signos culturales más conocidos se utilizan a diario en el lenguaje, la cocina, la apariencia, la etiqueta, el protocolo, la vestimenta, la arquitectura, los horarios, los sistemas métricos, etc. Este proceso migratorio es bien conocido por todos en Suramérica, y sus consecuencias jurídicas son enormes, a punto tal que los productores de los países europeos reclaman -a los americanos- derechos sobre la utilización de signos que consideran propios. Esto se observa especialmente en materia de vinos y alimentos.

Con relación a la relación “calidad-territorio”, sostiene Elena Schiavone que existe una importante influencia de los enormes flujos migratorios, los que generaron productos derivados de los originales pero que no son exactamente iguales y -por lo tanto- pueden  considerarse propios del país o región de destino.[4]


[1] Ver Calvino, Ítalo, Las ciudades invisibles, Buenos Aires Ed. Minotauro, 1968.

[2]Pérez de Medina, ELENA. “El ámbito de estudio de la semiología”, en Marafioti, ROBERTO (compilador) Recorridos semiológicos, signos, enunciación y argumentación. Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1998, p. 24.

[3]La jurisprudencia argentina actual sigue considerando hoy en día que en materia marcaria los “signos” tienen un carácter meramente distintivo, tal como los considera la ley de marcas del año 1981, sin tener en cuenta los muchísimos y profundos estudios que se han hecho acerca de las motivaciones del consumidor o usuario y su estrecha relación con los signos. Así, los signos siempre aparecen en nuestra jurisprudencia como un mero “elemento de diferenciación” entre productos o servicios, sin considerar su valiosa función en la atracción del público hacia el producto.

[4] Sostiene Schiavone que “(…) el proceso de localización de la calidad de productos anclado en las culturas inmigrantes, que llegaron a Argentina en la primera mitad del siglo XX, ha sido caracterizado como la resultante de dos procesos: a) un proceso de difusión local de los saberes (relacionados a la producción y/o a la transformación de las materias primas, la elaboración del producto o su consumo dentro de la población local. b) un proceso de especificación de la calidad del producto. Es decir, de la adquisición de una calidad específica, que descansa sobre diversos saberes locales, entre ellos los que permiten identificarlo y diferenciarlos de productos similares. En Argentina y Brasil se generaron productos alimenticios, particularmente en el sector chacinados y quesos, que si bien se designaron con nombres europeos, desarrollaron no sólo una identidad diferente a los originales producidos en sus lugares originarios, sino que pasaron a formar parte de una nueva cultura productiva y del consumo, y con el tiempo, devinieron el nombre común con el cual el público consumidor los identifica. Es decir, nombres “genéricos”, que no asocian al producto con un territorio determinado o una calidad específica derivada del mismo, sino que identifican a un tipo o variedad de producto alimenticio.” Al respecto ver: SCHIAVONE, ELENA. “Saberes, migraciones y nombres de los alimentos: Los genéricos y las denominaciones de origen”, en International EAAE-SYAL Seminar – Spatial Dynamics in Agri-food Systems, Universitá degli Studi di Parma, Italia, 27/30 octubre 2010.

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